“AYÚDANOS A AYUDAR”: estudiante tomasina en CDMX narró su experiencia tras el movimiento sísmico

06 Octubre 2017

A las once de la mañana inició el simulacro en la universidad, que para este día 19 de septiembre no era sólo una estrategia para enseñar a los estudiantes a evacuar los edificios, era la forma de recordar el desafortunado evento de hace treinta y dos años, un terremoto que desdibujó las lindas casas coloridas, los edificios y la tranquilidad de todos los habitantes de Ciudad de México.

Por: Laura Alejandra Ruiz Gómez, estudiante de la Maestría en Estudios Literarios de la Universidad Santo Tomás / Estudiante de Intercambio en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

Un par de horas después, algunos objetos empezaron a caer, cinco segundos más tarde de que iniciara el temblor que desató el pánico en todos nosotros sonó la alarma, todos empezamos a evacuar, algunos entre risas e incredulidad, hasta que las paredes empezaron a desmoronarse, unas cuantas piedras blancas que caían fueron suficientes para hacernos estremecer. Inmediatamente, escribí tres frases cortas a mi novio: “todo se cae”, “las paredes se desmoronan”, “tengo miedo”… justo entonces se cae la señal, se va la luz, quitan el agua en la ciudad y en las noticias piden que no prendan fuego, que hay fugas de gas y que bastaría con que un fumador encienda un cerillo para que ocurra una nueva tragedia.

En efecto, el metro y todos los demás sistemas de transporte público colapsaron, durante veinte minutos esperamos un taxi, ya no había manera de conseguir alguno, todos los carros iban ocupados, los carros particulares empezaron a llevar gente, pues en esta ciudad todo puede quedar a dos hora de la casa, llegar a pie no era una posibilidad, no para nosotras. Por fortuna unos policías nos ofrecieron (a todos los que llevábamos mucho tiempo esperando en la calle) llevarnos en el platón de su camioneta; nos dejó un poco lejos de la casa pero caminar desde este nuevo punto parecía menos desafiante, algo posible. En el camino vimos algunos de los daños y la ciudad de la alegría, la comida, la amabilidad, se transformó en un lugar deshabitado, había tumultos de personas en la calle, pero el silencio era tal que parecía que la ciudad estuviese abandonada.

Cuando llegamos a casa mi compañera y yo decidimos hacer la maleta de emergencia: comida enlatada, una ropa de cambio, linterna, todos nuestros papeles que son el único registro de nuestra existencia en un país desconocido… de nuevo, otro suspiro nos regresó a la realidad y conversamos: —“es increíble, logramos llegar con una beca hasta este país, en nuestro caso a terminar nuestra maestría, quizá sea la mejor experiencia de nuestras vidas y ahora tememos perderla”. Anna y yo tenemos veintitrés años, pero esa noche nos sentimos mucho mayores, como aquel que sabe que mañana puede ser su último día. Lo que más nos duele es estar lejos, no de la patria, de nuestros padres, amigos, personas a las que amamos, nos duele más que nunca no poder decirles “hasta mañana” con el habitual beso en la frente. Yo de Bogotá y Anna de Moscú: esa es la familia que somos, lo único que tenemos.

Anna y yo salimos muy temprano en la mañana del veinte de septiembre, compramos medicamentos, gaza, algodón, suero, alcohol, mucha agua; los empacamos en nuestras maletas e iniciamos la búsqueda, ese día el transporte era gratuito, lo que nos permitió movilizarnos con facilidad. Nuestro destino era Xochimilco, donde uno de nuestros compañeros vive, pensamos que él y sus vecinos necesitaban ayuda, y “¿cómo dejar solo a nuestro amigo poeta?”. Por fortuna muchas personas llegaron a ayudar a este lugar, es más, era tanta la gente que ofreció su ayuda que ya no podían permitir que entraran más personas, nos devolvieron. Un poco tristes y cansadas con el peso de las maletas salimos del metro y allí estaban nuevos amigos del camino, dos jóvenes y una chica, en nuestra misma condición con sus costales llenos de comida y unas botellas de agua muy grandes. Decidí hablarles, no podíamos desperdiciar tiempo, alguien necesitaba de eso que nosotros podíamos ofrecerles. Como es común en los mexicanos, nos acogieron rápidamente en su misión y fuimos a la casa de uno de ellos a recoger lo que hacía falta, pero no teníamos manera de llegar a los lugares afectados, a muchos de estos sitios no llegaba el metro.

De pronto, llegó una nueva aventura, acá le llaman “pedir un ride” —lo que en Colombia se conoce como “Echar dedo”— y lo que universalmente significa pedir que algún automóvil nos lleve a nuestro destino gratis. Fuimos hacia la avenida con unos carteles que llevaban la leyenda “AYÚDANOS A AYUDAR”. Al comienzo la gente trataba de frenar para leer lo que decía pero no nos llevaban. Al final, un grupo de cuatro jóvenes que iban en una camioneta muy grande, cómoda y lujosa, nos ayudaron a subir las cosas en el baúl y nos ofrecieron llevarnos a nuestro lugar de destino: el hospital pediátrico que queda detrás del estadio Azteca. En los medios decían que este hospital estaba por caerse, al llegar allí vimos que era mentira, lo cual nos pareció inaudito, “¿cómo pueden inventar semejante cosa?”, y peor aún “¿cómo nos hacen perder tiempo a quienes sí queremos ayudar?”, en fin, no desistiríamos de la misión y por suerte los chicos de la camioneta tampoco, así que fuimos a un colegio que se había caído, el mismo que en su interior tenía todo su plantel, y en el que llevaban más de cuatro horas intentando rescatar a una niña que estaba con vida, lo cual les llevó a inferir a las autoridades que allí podían haber más personas vivas aún.

Al llegar a esa calle en la que también se había caído un edificio tuve la sensación de estar conociendo realmente a México, todas las personas “civiles”, es decir nosotros, los ciudadanos, estábamos organizados, guardando silencio para escuchar cuando fuera necesario una instrucción de las autoridades. Algunos ayudábamos a organizar la comida, otros el medicamento, incluso había un grupo de personas haciendo “tortas” para el refrigerio de quienes ayudábamos, me ofrecieron comida y bebida. La gente que iba en sus carros por la avenida se bajaba a ayudar, algunos ofrecían los gatos hidráulicos de sus carros para levantar escombros, familias enteras llegaban con sus niños a hacer donaciones enormes, y cuando el cuerpo de bomberos decía: “Se necesita un neurocirujano”, sentía como mi piel se estremecía, todos sabíamos que eso significaba que habían encontrado a alguien, quizá en un estado crítico pero aún con vida, y se me encharcaban los ojos. De pronto, no sé cómo ni de dónde, llegaban los médicos voluntarios, les hacíamos calle de honor y todos aplaudíamos, muchos estaban saliendo de su turno de trabajo y aun así llegaban a ayudar, es quizá lo más conmovedor que he visto en la vida. Siempre llegaba esa parte difícil en la que identificaban algún cuerpo e iban diciendo en voz alta los nombres de las personas que encontraban, pedían a sus familiares que se acercaran… el llanto era inevitable.

Quise tener toda la fuerza del mundo para de un soplo levantar todas las piedras y liberar a esos niños, poder abrazarlos, decirles que son las personas más valientes del mundo por pasar la noche entre tanta oscuridad, frío y dolor. Era inevitable pensar en sus padres, justo ahora siento que me cuesta seguir con el relato… Esto es una tragedia.

Vine a aprender sobre literatura mexicana, pero me han enseñado mucho más que eso, regresaré a Colombia siendo un mejor ser humano.

Todas tus cenizas volverán a ser hogar porque en todas las esquinas de tu país hay miembros de una familia enorme llamada México.
 

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